La peor hiperinflación de la historia

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Si hicieses la pregunta ¿cuál fue el peor episodio de hiperinflación de la historia?, es muy probable que la gran mayoría de personas responda que la peor inflación de la historia fue la de Alemania en 1923.

Este episodio inflacionario es el más famoso de la historia por sus consecuencias (el Nazismo) pero no es el peor. Hay al menos tres episodios inflacionarios que lo superan: el de Yugoslavia en 1992-93, el de Zimbawe de 2004 a 2009 y, el peor de todos, el de Hungría en 1946.

Para que te hagas una idea de la gravedad del caso húngaro, según los cálculos hechos por el Cato Institute, la mayor inflación alcanzada en Alemania durante el mes de Octubre de 1923 fue de un 20,9% al día. Esto implicaba que los precios se doblaban cada 3,7 días. Pues en Hungría, en Julio de 1946, la inflación diaria era del 195%, lo que quiere decir que los precios se duplicaban cada 13,5 horas.

¿Qué fue lo que pasó para llegar a una situación tan extrema?

Recordad que Hungría era parte del Imperio Austro Húngaro que fue desmembrado tras la Primera Guerra Mundial. En 1926 se introduce una nueva moneda húngara, el pengõ, que estaba referenciada al oro. Pero la economía húngara fue golpeada primero por la crisis de 1929 y, posteriormente, por la Segunda Guerra Mundial.

Al acabar la contienda, en 1945, el país se encuentra en ruinas, con la mayor parte de su capacidad industrial destruida o dañada, prácticamente sin líneas de ferrocarriles operativas, sin puentes que cruzasen el Danubio en Budapest y con la obligación de pagar reparaciones de guerra a la URSS.

Además, Hungría ya tenía una inflación muy alta como resultado de la impresión de dinero durante la guerra y la caída de la producción (si cae la producción, hay más dinero en relación a cada bien producido y sube el precio, creando inflación).

En este contexto, el Gobierno húngaro básicamente tenía dos opciones: (1) subir impuestos y recortar gastos (y hundir la economía más) o (2) estimular la economía imprimiendo dinero. Y optó por lo segundo.

Para estimular la economía, el Gobierno húngaro (a través del Banco Central) comienza a prestar dinero a los bancos a tipos de interés menores que la inflación (lo que se denomina tipos de interés reales negativos). Así, el Banco Central húngaro prestaba en torno al 3% anual a pesar de la hiperinflación. Los bancos van a usar este dinero para prestar a empresas o particulares (ganando un margen). Pero como la inflación es tan alta, pues los empresarios también se endeudan a tipos de interés reales negativos. Fue un momento fantástico para ser deudor, las deudas las pagaba la hiperinflación.

Pero no sólo eso, sino que el Gobierno se pone a dar subvenciones a empresas públicas, a contratar empleados públicos e incluso a prestar dinero directamente al sector privado. La economía se inundó de dinero.

Hiperinflación Hungría

¿Y qué le paso a la moneda, al pengõ?

Ya, durante la guerra, la inflación había hecho que desapareciesen las monedas porque los metales de las que estaban hechas valían más que el valor nominal de la moneda.

Con la hiperinflación hubo que tomar medidas para imprimir billetes que representaban cada vez una cantidad mayor.

Primero se creó el milpengõ que equivalía a un millón de pengõ (osea, un uno y seis ceros: 1.000.000). Poco después el bil pengõ que equivalía a mil millones de pengõs (un uno y nueve ceros: 1.000.000.000). Y luego el trilpengõ que equivalía a un millón de millones de pengõs (un uno y doce ceros: 1.000.000.000.000).

Los billetes no ponían la cantidad en números, sino sólo con letras. De este modo podían reutilizar los mismos billetes cambiando los colores y la palabra pengõ por milpengõ o por bilpengõ o por trilpengõ, según hiciera falta.

Al final, la gente fijaba los precios de las cosas por los colores de los billetes de tal forma que el precio de un bien era, por ejemplo, de dos billetes verdes y dos azules.  😮

¿Y qué hizo el gobierno?

Pues cuando vio que lo de la hiperinflación se le iba de las manos, puso un impuesto sobre el capital del 75% en diciembre de 1945 de tal forma que, para que un billete fuese legal, tenías que ir al banco, dar tu billete con un montón de ceros y el estado te devolvía otro billete que valía la cuarta parte de lo que tú le habías dado con un sello que probaba que era legal. Pero fue una medida puntual así que no sirvió de mucho (aparte de para quitarle a todo el mundo el 75% de su dinero).

Y además creó otra moneda, el adopengõ (con tanto pengõ no hay quien siga esto) que era la que se tenía que utilizar para pagar impuestos y cuyo valor en pengõs aumentaba con la inflación. En julio de 1946 sólo quedaban ya los adopengõs porque hasta los trilpengõs no valían nada.

¿Cómo acabó la cosa?

El 1 de agosto de 1946 el Gobierno Húngaro decidió emitir el florín al tipo de cambio de un florín por cada cuatrocientos octillones de pengõs (un cuatro y veintinueve ceros). Lo voy a poner en números porque impresiona verlo:

1 florín = 400.000.000.000.000.000.000.000.000.000 pengõs

El florín estaba referenciado al oro por lo que, con su introducción, se dejó de imprimir dinero a lo loco, y se consiguió estabilizar la inflación.

¿Cuáles fueron los efectos de la hiperinflación?

Desde el punto de vista macroeconómico, el Gobierno húngaro consiguió reactivar la economía ya que, al crear hiperinflación consiguió incentivar el consumo (si tu dinero vale esta noche la mitad que ahora, te vas a gastar el dinero en lo que sea), la producción y la inversión, lo que quizás no habría conseguido con los recortes.

Hiperinflación

Pero, si nos fijamos en el efecto en las personas, como ya explicamos en este post, vemos que los que tenían inversiones más o menos mantuvieron su capacidad adquisitiva (el precio de los bienes también subía con la hiperinflación), los deudores vieron como sus deudas se evaporaban y los ahorradores lo perdieron todo. Absolutamente todo. Ese fue el coste de recuperar la senda del crecimiento.

¿Crees que algún otro país estaría dispuesto a hacer lo mismo, si hiciese falta?

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Sólo hay tres formas de pagar las deudas de una nación: La primera, impuestos. La segunda, repudiarlas. La tercera, inflación”. Herbert Hoover